miércoles 4 de junio de 2008



La mujer de los ojos de azafrán y de humo
aprieta fuertemente
la carta contra el pecho
y comienza a leer
sobre el papel en blanco.

El tiempo es una gota en los cristales,
la memoria,
esa mancha de óxido de la contraventana.

Puedo escuchar su pulso acompasado y rítmico
igual que esa palabra que a menudo repite

nadie...
nadie...

El silbido del viento la sigue confundiendo

¿Quién anda ahí?

martes 27 de mayo de 2008

A PEPE MONTERO
Nunca podré dedicarte una calle, (esa calle que hace tiempo pedías), espero que esto sea para ti un pequeño callejón, una simple esquina o, si tú quieres, una enorme avenida.
"Me gustas cuando callas porque estás como ausente....y mi voz no te toca" escribía Neruda.
A mí, tú me gustas cuando hablas, cuando escribes y cuando te haces torero, "sireno" o matador.
Cuando tu voz sí me toca y ese "tun tun" grave que sale de tu garganta me lleva a tu extrarradio y a uno de los radios de tu corazón, de tu corazón partido, mitad algodón, mitad hojalata.
Me gusta cuando dejo tierra y toco agua, agua y mar en tus ojos "de besugo" (como tú mismo dices), esos ojos altivos, provocadores, esos ojos que fulminan y que incitan a pescar estrellas asimétricas mezcladas entre flores de lis y palabras malsonantes.
Y me gustas también cuando te subes al trapecio y saltas, cuando volteas las letras realizando a la perfección un triple salto mortal, cuando cocinas a fuego lento ese pastel de canela y vinagre, ese brioche de metáforas hermosas y exabruptos diversos, invitando al que quiera a un buen pedazo comido con las manos y acompañado de un vasito de licor "del bueno".(¡Eso sí, deberías advertir que su consumo continuo deja un sabor de boca mitad dulce, mitad agrio, que cuesta mucho que te desaparezca de algunas zonas de la lengua).
Sigue Pepe, sigue con tus piropos lascivos, con tu pluma revolucionaria, sigue alisando penas y rizando el rizo, alborotando nuestras cabezas y haciéndole al mundo el traje más divertido y más extravagante que se te venga en gana, mientras te enamoras y te desenamoras de esa mujer divina, pero terrenal, que se cuela por el ojo de la aguja con la que coses la tela extendida en tu estudio-taller o en tu taller- estudio.
Al fin y al cabo, hablamos de lo mismo.

martes 20 de mayo de 2008

pintura de Irina Privedentseva

Él es el hombre pez
el que en mis labios líquidos
se ahoga y desahoga
el que muerde a propósito
mi boca anzuelo.
Yo la mujer de carne
la que se arroja al río
cada día
para sentir
su sangre fría
su piel de escamas.
Él aquel que olvidó
la memoria en el puente
yo la que pierde el alma
en cada salto.
Ambos los dos de ojos cristalinos
desenfocados
buscando entre las aguas del reloj
la hora en que quizá
nos conozcamos.

lunes 21 de abril de 2008

Huíamos los dos
-animales salvajes-
del suelo,
la manada,
de la bala del hombre.

Perforados.
Desangrándonos.
Doblemente malditos.

De la tierra al destierro,
del ahogo a la hondura,
a pesar de lo escrito,
a pesar de esa marca al nacer
y aun a sabiendas
de esa herida de amor
y de muerte.

lunes 24 de marzo de 2008

SÍ, YA ES PRIMAVERA...
...y a mí me llueven piedras de la boca.

Veinte mil maniquíes bailan tras el cristal
ofreciendo su eterna,
su invariable
cintura de plástico.

- Mira,
sigue mirando ese cielo de plasma
mientran caen las flores y las gasas
sobre el espectador,

pero a mí no me pidas la vista y las pestañas,
la pena me ha comido por los ojos
y ha dejado en mis cuencas vacías
su cigarro encendido,
los posos del café,
de la locura...

lunes 3 de marzo de 2008

"El grito" (Edvard Munch)


A menudo despierto al borde del espanto.
Tú duermes a mi lado
y sueñas con los peces que se escapan de mí.

Yo abro la boca como el lobo y el hambre
pero sólo me trago mi propio grito,
tu ropa en la caoba,
mi piel en el perchero,
este dolor que llevo de pijama.

El sueño y sus verdugos me tapan los ojos
mientras el mar se pudre debajo de mi lengua.

Agua.
Agua para el ahogado.
Las olas, al final,
me romperán el cuello.

viernes 29 de febrero de 2008

Media vida enseñándome
a bordarme el ajuar con los diez mandamientos,
a lavarme los años con agua bendita,
a cambiar mi peonza por su misa de doce.

- Yo solía mirarla con ojos incrédulos
y quería crecer más deprisa que nadie -

Media vida después casi nada me sirve.
Ya no insisto en poner en sus manos
ese verbo distinto,
la otra cara de la moneda.

Ahora el tiempo le oprime los pies
igual que un zapato que se queda pequeño
y yo sólo puedo subirle las medias
y estirarle la vida con cuidado,

con mucho cuidado,
lo justo para que el corazón
siga latiendo.